Assaig inèdit
El instinto más profundo
Amor y odio, / Las dos caras de una misma moneda
Amar, valer / Dos manifestaciones del mismo instinto
Hay serios motivos para sospechar que lo más importante para ser feliz es hacer feliz a otras personas. Vivir la experiencia de amar y ser amado.
Esto supone que alguien se “desviva” literalmente por otro –en algunas ocasiones sea incluso capaz de llegar a sacrificar su vida por la persona amada– y que en todo caso practique algún tipo de esfuerzo, sacrificio o donación de algo propio para que el otro sea feliz.
No sabemos hasta qué punto puede parecer “antinatural”, en tanto va contra el egoísmo de buscar antes que nada el propio bienestar y provecho.
Sin embargo, parece que este altruismo no sólo es “natural”, sino que es necesario para conseguir la propia plenitud. La explicación no es otra que el hecho de que el ser humano precisa de los demás desde su primera infancia, necesita estimar a los demás y ser estimado por ellos porque, podríamos decir, por una exigencia del devenir biológico, somos seres vivos cuya principal misión es prolongar la vida más allá de nuestra propia vida (lo que tiene su más vistosa expresión en el amor de la pareja sexual y el amor a los hijos). Nuestra vida es para la vida y este y no otro es el secreto de la existencia y persistencia de este profundo instinto vital que nos hace seres sociales, seres necesitados de los demás para sentirnos realizados. No sabemos si esto nos gusta o si nos parece injusto, pero no hay otra explicación a la vista.
Y esto es así hasta el punto de que esta necesidad se halla también en el origen de comportamientos opuestos al amor y la benevolencia pues muchos de los humanos insolidarios –aquellos de quienes por tal causa se dice que tienen un comportamiento “inhumano”– ponen de manifiesto con tal comportamiento aquella necesidad primaria de “ser alguien”, de ser reconocidos o valorados por los otros humanos… en último término de ser temidos por ellos (algo así como el sentimiento que mueve al deforme personaje Ricardo III, al que Shakespeare hace decir: “Ya que no puedo mostrarme como un amante… he decidido portarme como un villano”). Una necesidad de reconocimiento y valoración que determina todas las manifestaciones de la vanidad, desde las más pueriles y ridículas a las más indecorosas y agresivas; los ególatras y los vanidosos necesitan a los demás porque también dependen de ellos para satisfacerse o realizarse. Sólo esta necesidad profundamente humana de ser alguien, de ser para los demás, puede explicar muchas conductas que parecen inexplicables.
Amor y odio comparten un origen común. El amor hacia los demás y el llamado amor propio, lleno de susceptibilidades e intransigencias, son dos sentimientos opuestos que surgen de la misma fuente, de la necesidad de ser apreciados por el prójimo, de sentir que valemos para los demás.
Autoestima y amor propio son dos conceptos que parecen aludir a la misma cosa pero en ocasiones se refieren a ideas/sentimientos opuestos, cosa que sucede por ejemplo cuando se habla de “baja autoestima” y de “exagerado amor propio”. En ambos casos se trata de sentimientos centrados en nosotros mismos, que, sobre todo en el segundo caso, nos pueden convertir en demasiado susceptibles o resentidos, en impertinentes o antipáticos por lo que hace al trato con los demás, en personas “difíciles”. Sólo si somos capaces de hacer este esfuerzo para analizar nuestros sentimientos y reacciones estaremos en condiciones de mejorar el carácter, de madurar y de adquirir seguridad en nosotros mismos.
Al fin, el mejor medio para conocerse es ver lo que a veces nos cuesta llegar a ser amables… dignos de ser amados, ser fáciles de amar.