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Lluís Jordà Lapuyade

Assaig inèdit

El sentido de la vida

¿Cuál es el sentido de la vida? Los filósofos se lo han preguntado a menudo, suponiendo que la vida debía tener algún sentido trascendente, es decir, que era el principio o el fin de algo. Aunque en todas las épocas gran parte de los humanos lo han creído --dando pábulo a toda clase de creencias y prácticas religiosas-- no está nada claro que sea así. La ciencia, para la que la pregunta sobre el sentido de la vida es una cuestión “metafísica” que carece de significado, puede proporcionarnos en cambio algunas pistas que nos ayuden a comprender el sentido de la muerte; es decir, el sentido “biológico” de la muerte. Pero ello nos exige salir de nuestra individualidad y vernos como integrantes del conjunto vital, de modo que la constatación primordial que puede hacer el viviente inteligente es la poca importancia que tiene su vida individual frente a esta inmensa comunidad vital, su supeditación total a la supervivencia y perpetuación de esta comunidad.

Al respecto, la observación de la naturaleza puede proporcionarnos algunos puntos de reflexión. Así, en algunas especies de gusanos marinos, los machos, atraídos por una substancia segregada por las hembras, se acercan y danzan alrededor de ellas, lo que va seguido por la expulsión respectiva del humor seminal y de los huevos, expulsión que provoca inmediatamente la muerte de ambos; su vida “adulta” acaba con el acto que dará lugar a la mera reproducción; procesos más o menos parecidos se dan en otras especies cuya única misión parece ser la de llegar a la maduración sexual con el fin de engendrar nuevas vidas y morir. Al ascender en la escala animal, la biología pierde un tanto este elemental esquematismo en el que la reproducción sólo parece servir para la reproducción, pero lo cierto es que, en gran medida, la vida se halla siempre organizada alrededor del apareamiento de los sexos y del desarrollo de las crías. A partir de tal constatación cabría preguntarse el porqué, desde un punto de vista evolutivo, tal como surgió la vida y se desenvolvió con el grado de creciente eficacia con que en la actualidad se nos aparece, no procuró prolongar indefinidamente esta vida individual de los seres vivos. Es decir, por qué la evolución, que tan maravillosas y asombrosas cosas ha logrado al edificar los mecanismos biológicos a través de millones de años, no se “ha esforzado” en crear algunos seres vivos “perfectos”, capaces de autorrenovarse y vivir indefinidamente. En definitiva, por qué no ha procurado evitar la muerte. La pregunta final sería ésta: ¿no sería más perfecta una vida que no muriera?

La respuesta es negativa; la vida y la evolución no parecen mostrar gran interés por el individuo porque el progreso de la vida por medio de la reproducción a través de dos polos o sexos que contribuyen comunitariamente a la formación de un nuevo ser que los releve ha resultado ser el mejor sistema de prolongación de la vida. Resulta que los primeros seres unicelulares se reproducían -se reproducen- por simple división y posterior duplicación del material genético (mitosis), pero es posible que algún tipo de reproducción parecido a la reproducción sexual (el proceso que se ha denominado meiosis) se haya iniciado ya en algunos protozoos; en este tipo de reproducción se combina la mitad del material genético procedente de dos células diferentes para formar un nuevo ser, con el resultado de que éste será una mezcla que contendrá características de ambos. La bióloga Lynn Margulis, comentando los resultados de los experimentos realizados con unicelulares por otro biólogo, L.R. Cleveland, apunta la posibilidad de que las primeras “fusiones sexuales” fueran el resultado de lo que ella llama una indigestión. Por esto señala la citada bióloga:

“Hubo un tiempo en que, a nuestro juicio, comer y aparearse eran la misma cosa. Por poco romántico que pueda parecer pensar en una indigestión microbiana como la fuente para el impulso sexual humano, el cuadro de Cleveland de los hipermastigotos presenta una mezcla de comedia y terror muy apropiada para el origen del sexo...” 1

Resulta interesante constatar el temprano origen -al parecer accidental, como todos los cambios evolutivos- de la actividad reproductiva sexual, conservada luego a lo largo de toda la evolución por sus evidentes ventajas para la misma evolución, puesto que este sistema reproductivo mediante dos individuos diferentes favorece la variabilidad y la transmisión de las mutaciones que resultan ser favorables para el progreso de las sucesivas generaciones. La evolución ha primado la reproducción por encima de la supervivencia porque la muerte de los seres vivos y la substitución por sus sucesores es lo que permite sucesivos cambios genéticos, es el instrumento más eficaz para el progreso y la perfección indefinida de la vida. La variable aportación de genes por los dos sexos es, sobre todo, un engendrador incesante de nuevas posibilidades que facilite aquel también incesante cambio adaptativo. Sexo y muerte han resultado ser una cosa buena para la aparición y progreso de formas nuevas de vida.

Esta visión biológica resulta ciertamente dura para nosotros, simples individuos aparecidos al final de esta evolución, capaces de comprender que, en tanto que individuos, debemos dejar de existir, víctimas de esta eficacia vital. Es una especie de burla que se nos haya dado la vida y, a la vez, la inteligencia para comprender la existencia de un posible proyecto final, indiferente para toda vida individual. Es algo cruel que, encima de que vamos a morir, comprendamos la “lógica” de la muerte. Este es nuestro premio y a la vez nuestro castigo por haber aparecido como uno de los logros más completos o complejos de este largo proceso.

Lo que resulta de todo esto y lo que acaba siendo especialmente interesante es que el amor es asimismo la necesaria consecuencia de esta “decisión evolutiva” y explicaría que sea el más poderoso de los instintos, impulsos o sentimientos, lo único que proporciona a los humanos la plena felicidad, porque satisface los últimos objetivos de la misma biología que gobierna nuestra conducta.

Desde el punto de vista de lo que llamaríamos una egoísta “propia conservación”, el amor puede parecer una cosa extraña, e incluso podría calificarse de “antinatural”, desde el momento en que impele a darse al otro, literalmente a des-vivirse por él. Es así que en el amor a la pareja, por ejemplo, aparece como elemento fundamental el deseo de entrega al otro (donde incluso gran parte del placer que surge del acto físico de “hacer el amor” proviene de provocar, junto con el propio, el placer de la pareja); del mismo modo que los padres sienten como una prolongación más valiosa que su propia vida la vida de sus hijos (incluso y exactamente igual cuando son hijos adoptados) y se desvelan y esfuerzan para que salgan adelante, gozando con sus progresos y sintiéndose felices con sus éxitos.

Más allá de estos amores elementales o de los que surgen como fruto de la amistad o de la pertenencia a un clan, el amor humano se revela por la antes aludida capacidad de comprensión y de entrega personal incluso a los “extraños”, lo que proporciona a quien lo practica idénticos sentimientos de plenitud, con el resultado de que se alcanza la felicidad propia proporcionando el bienestar y la felicidad a los otros (las relaciones de afecto se extienden incluso a los animales, siendo revelador el efecto benéfico que sobre personas solitarias o sobre algunos enfermos -desde niños autistas a enfermos de alzhéimer- e incluso sobre reclusos -aislados por delitos contra la sociedad- ejerce la compañía, el afecto y cuidado de alguno de estos animales, de los que el perro es un ejemplo destacado). Existimos en función de los otros, de modo que ser útiles viene a ser nuestro destino último. Digamos, simplificando, que estamos condenados a amar.

Y es exactamente por la misma razón que resultan tan satisfactorios algunos sentimientos que aparecen como una especie de sucedáneos del amor, porque suponen la necesidad de un reconocimiento de los demás, como es el caso de todo más o menos justificado orgullo o de las manifestaciones de la ridícula y pueril vanidad en todas sus formas. Y más allá de tales sentimientos se halla el hecho de que muchos humanos buscan tal reconocimiento practicando conductas odiosas o malvadas, intentando el logro de una estimación de su persona y de su poder o valía, sentimientos surgidos de un equivocado “amor propio” que también en este caso pone en evidencia la necesidad de ser valorado –ser apreciado– aunque la necesidad de valoración por el otro llegue al deseo de ser temido.

La verdad última sobre la naturaleza humana es que estamos construidos de tal forma que sólo vale la pena haber vivido si se ha disfrutado del amor en cualquiera de sus formas; si se ha amado y se ha sido amado. La vida es eso, la felicidad es eso, no hay otra cosa que esto.

Notes

  1. Lynn Margulis y Dorion Sagan. What is Life?. Nevraumont Publishing Co., Nueva York, 1995. Versión esp. ¿Qué es la vida?. Tusquets Editores, S.A. Barcelona, 1996. Pág. 114 ↩

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