La Vanguardia · 17 de desembre de 2024
Lectores Expertos
El combate entre el corazón y la cabeza
En toda decisión intervienen pensamiento y sentimiento; aquellas afirmaciones que contraponen unas funciones mentales a otras no dejan de ser ambiguas y muy discutibles expresiones pues, al fin, no hay razón sin pasión o pensamiento sin sentimiento.
Cuando utilizando un lenguaje figurado decimos que “nos dejamos vencer por la pasión” o “por el corazón”, queremos probablemente decir que nos plegamos a un impulso o deseo inmediato, mientras que cuando decimos que “usamos la cabeza” nos estamos refiriendo a lo que también es un deseo, afecto o sentimiento, pero “de largo alcance”.
La decisión “fría” y meditada, que exige un esfuerzo para vencer el deseo inmediato, requiere posiblemente un sentimiento o pasión más profundos y duraderos que aquel deseo inmediato, de manera que la “lucha interior” puede se muy fuerte.
Por poner un ejemplo sencillo: yo puedo sentir el deseo intenso de comer una golosina o de repetir una apetecible y copiosa comida, lo que va contra unos deseos y propósitos anteriores de “hacer régimen” por motivos estéticos o de salud, asimismo intensos; si finalmente me abstengo de comer aquello que yo mismo me he prohibido puedo decir que “ha triunfado la razón sobre la pasión” o “la cabeza sobre el corazón” pero esto es un lenguaje bastante equívoco pues si no sintiera profundamente aquel deseo de no ganar peso o si la idea de hacerlo no me repeliera emocionalmente, comería tranquilamente y “sin remordimientos”.
En nuestro lenguaje cotidiano distinguimos lo que es una necesidad, un instinto, un sentimiento o un pensamiento, lo que es una emoción y lo que es una idea, y es perfectamente normal que intentemos describir con estas palabras unas experiencias mentales en las que parece sobresalir uno u otro aspecto de la actividad cerebral.
Pero al mismo tiempo será bueno que tengamos en cuenta que por ejemplo esto que llamamos sentimientos están empapados de creencias, ideas e informaciones, del mismo modo que nuestras “convicciones intelectuales”, nuestras ideas y pensamientos, surgen y discurren influidas por emociones y sentimientos, casi todos ellos provocados por experiencias vividas.
Un esfuerzo de imparcialidad debería movernos constantemente a ser muy inquisitivos y exigentes sobre el origen de nuestras convicciones e ideas. Tener en cuenta que, como dijo Francis Bacon, “el hombre cree con facilidad lo que teme o lo que desea”. Lo que hay que averiguar es la causa de que a veces –o a menudo- cedamos a ideas/sentimientios “equivocados” o inapropiados; estúpidos o malignos.
Cuando corrientemente se habla de la existencia de una oposición entre “la cabeza” y “el corazón” o entre “la razón” y “la emoción” se alude generalmente a la vulgar experiencia de la presencia de sentimientos que buscan una satisfacción inmediata y que se oponen a otros también presentes que son de realización a largo plazo (aún cuando éstos sean más importantes para los propósitos del individuo).
Es decir que, en muchos casos, cuando decimos que “nos hemos dejado llevar por el corazón” lo que sucede es que nos hemos plegado a un impulso o deseo que en este momento se percibe con más intensidad en tanto que cuando decimos que “usamos la cabeza” queremos significar que hemos decidido en función de lo que también es un deseo, afecto, sentimiento o emoción que obedece a un propósito o sentimiento “a largo término” o a un “plan de vida”.
Pero hemos de ser conscientes de que al hablar así no hacemos más que utilizar un lenguaje literario sin duda poco preciso puesto que en realidad no hay en nuestros actos razón sin pasión o pensamiento sin sentimiento, lo que incluye las decisiones más “frías”, ¡y posiblemente sobre todo éstas!.
Como venimos observando, la consecuencia de todo esto es que resulta muy discutible –por impreciso y por favorecer una concepción equívoca del funcionamiento cerebral-- el uso de términos que todavía usa incluso a menudo la misma neurociencia en sus descripciones.
No es que no tengamos derecho a usar este lenguaje en tanto esto sirve de un modo coloquial para expresar el modo como percibimos en un momento dado nuestros estados subjetivos predominantes pero hemos de ser conscientes de que nuestras ideas se hallan en el origen de nuestros sentimientos del mismo modo que éstos influyen y determinan nuestras ideas; y que nuestras decisiones integran instintos o impulsos y emociones, conocimientos, costumbres y experiencias.
Digamos, si queremos seguir utilizando aquel lenguaje todavía demasiado en boga, que todo el cerebro viene a ser “un sistema emocional” y a la vez “un sistema cognitivo”, desarrollados sucesiva y evolutivamente para conocer, evaluar las realidades y tomar decisiones.
Esto sin duda nos servirá para ser más críticos con nuestras propias “ideas” y más atentos a nuestros “sentimientos”. Y con ello ser más objetivos y aproximarnos a conocer y sentir mejor la realidad.