· Fragment d'un llibre inèdit
Yo y mi inconsciente
Introducción
Cualquiera, al contemplar la cantidad de obras de divulgación psicológica y de libros de autoayuda que actualmente se publican, podría pensar que nos hallamos en la época de oro de la Psicología, la ciencia que se ocupa de informarnos sobre lo que debemos hacer para mejorar el propio conocimiento y la propia conducta… aunque también podría llegar a la conclusión de que atravesamos unos tiempos en que es especialmente difícil alcanzar tales objetivos, desde el momento en que hay que leer y escribir tanto para conseguirlo.
Cabe recordar que en los mismos orígenes de la filosofía, ésta ya se ocupó con preferencia de la eudemonia o el logro de la felicidad pero, a juzgar por lo observado, no parece que los avances hayan sido demasiado considerables. El hecho de que los seres humanos se hayan dedicado durante siglos a elaborar tratados sobre cómo lograr el autocontrol o alcanzar aquella felicidad no deja de resultar tan asombroso como patético.
La evolución ha dotado al ser humano de autoconciencia, de la máxima capacidad de ser consciente de sí mismo, de lo que hace y de lo que le sucede, lo cual le ha convertido en el animal con la mayor capacidad de decisión y, con ello, con las mayores posibilidades para adaptarse a medios y circunstancias nuevas y progresar. Sin embargo, esta apertura a una mayor libertad ha acabado resultando un inconveniente pues parece que las inmensas posibilidades que se abren ante él no hacen más que contribuir a llenarlo de dudas sobre su propio ser y su conducta. Es el animal más inteligente pero, paradójicamente, es al mismo tiempo un ser lleno de dudas por lo que se refiere a los aspectos más elementales de su comportamiento… ¡lector y escritor de libros de filosofía y de psicología! La idea de un perro que necesitara leer un libro para averiguar lo que tiene que hacer para ser dueño de sí mismo y mejorar su conducta resulta inconcebible (¡y no sólo porque los perros no saben leer!).
Sucede que los animales tienen su conducta razonablemente trazada desde su nacimiento gracias a esto que llamamos instinto, que en su caso los determina por lo que hace a los aspectos fundamentales de esta conducta, en tanto la criatura humana, debe ser adiestrada y “educada” durante muchos años; de lo cual resulta que lo que será cada persona cuando viene al mundo depende en gran medida de los conocimientos y de las pautas de conducta que le serán proporcionados por el ambiente que le rodea a partir de su nacimiento. Nace “a medio hacer”, cosa que debería ser una ventaja dadas las posibilidades de adaptación y progreso que ello le proporciona, pero esto tiene como inconveniente el hecho de que, según cuál sea el ambiente en que se desarrolle, puede resultar proclive a tener ciertos “defectos de fabricación” que con demasiada frecuencia impedirán aquel autoconocimiento y dominio propio predicados por todos los bienintencionados consejeros sobre la conducta humana.
Los consejos para alcanzar algún tipo de plenitud personal caen sobre nosotros incesantemente: “¡Tú puedes!”, “¡Sé tú mismo!”... y otras ambiguas recomendaciones que se nos repiten a modo de solución para todos nuestros males. Pero ninguna de ellas resultará efectiva si se ha producido algún fallo más o menos serio en la construcción de nuestra personalidad del cual no somos – o no queremos ser – conscientes. Por esto nosotros nos proponemos analizar aquí las causas de la infelicidad y considerarla algo así como una especie de anormalidad; pues no debería considerarse “normal” que alguien no fuera feliz, sobre todo si no sufre alguna grave enfermedad o daño físico (o no la padecen los suyos) y tiene sus necesidades vitales cubiertas (y las de los suyos). Lo cual nos remite al padre de la filosofía, al venerable Tales de Mileto y a su fórmula de la felicidad, que cifraba en la posesión de un cuerpo sano y de fortuna, complementados con algo específicamente humano: el espíritu bien formado.
Saber “cómo funcionamos” ha de ser sin duda útil para conseguir este “espíritu bien formado” y ayudarnos a alcanzar un necesario y satisfactorio equilibrio mental. Con el fin de lograrlo, en esta obra nos proponemos comenzar por denunciar una serie de tópicos que se vienen repitiendo en el terreno de la divulgación psicológica pues son muchos quienes quedan muy satisfechos después de afirmar por ejemplo que “una intuición, o una emoción, han surgido de el inconsciente”, o que “tenemos el cerebro de las emociones y el cerebro de la razón”… u otras afirmaciones semejantes, cuyo éxito de aceptación radica en su ambigüedad, aunque en muchas ocasiones – como es el caso de estas dos expresiones concretas – sean engañosas y en gran medida inexactas. Por otra parte, las combinaciones que pueden hacerse con ellas son infinitas y proporcionan material abundante para formular lo que parecen profundas recomendaciones: “debemos ser capaces de escuchar a nuestro corazón”. “la intuición puede ser más eficaz que la razón para tomar decisiones”… y otras afirmaciones que se hallan en el origen de una literatura que pretende precisamente ayudar a conocernos mejor y a ser más eficaces. Se trata sin embargo de una literatura que desde el punto de vista de la mera divulgación es bastante equívoca y, en tanto que dispensadora de buenos consejos, de una inocente inanidad.
Vamos a profundizar en el sentido de expresiones como las citadas, intentando ver aquello concreto a que posiblemente se intenta aludir cuando se utilizan, lo cual resulta especialmente recomendable para comprender algunos de los problemas que han hecho que sintamos la necesidad de recibir tal tipo de bienintencionados consejos, viendo al mismo tiempo qué es aquello que hace que a veces resulte tan difícil seguirlos.
Comenzaremos por el análisis de una cuestión capital: la que se refiere a nuestras actividades conscientes e inconscientes, un asunto extraordinariamente importante por cuanto inconsciente es una palabra utilizada como un cómodo recurso sobre el que parecen tenerse ideas muy claras. Sucede sin embargo que la imprecisión sobre lo que de verdad significa en cada momento puede llevar al equívoco en aspectos que se hallan en los fundamentos de nuestra conducta.
“El inconsciente” ha sido siempre – y continúa siendo en la actualidad – un concepto utilizado a modo de recurso universal para referirse a nuestras ignorancias sobre el origen de bastantes experiencias mentales cuya naturaleza y mutua relación asimismo desconocemos (“instintos”, “emociones”, “intuiciones”…). Nos proponemos analizar el alcance de muchas de las más corrientes expresiones sobre lo inconsciente y lo consciente de nuestra actividad mental porque su comprensión ayudará a explicarnos el funcionamiento cerebral que determina algunas de nuestras más importantes experiencias. Despojar de su misterio a la permanente actividad no consciente de nuestro cerebro ha de ayudarnos a comprender por qué corrientemente hacemos lo que hacemos pero, sobre todo, por qué no hacemos lo que deberíamos hacer.
Analizaremos a continuación conceptos como inteligencias y emociones, razón y sentimientos (la "cabeza" y el "corazón"), manejados también a menudo con cierta despreocupación por lo que se refiere a su significado real en nuestra conducta. Será interesante ver por ejemplo hasta qué punto estamos hablando de la misma cosa al utilizar palabras a las que con frecuencia damos el sentido de cosas opuestas; así, a nivel personal, ser capaces de analizar el origen de lo que sentimos debería ayudarnos precisamente a averiguar por qué pensamos como pensamos y, en definitiva, por qué somos como somos.
Al fin, y a partir de lo visto en los anteriores capítulos, nos preguntaremos hasta qué punto nuestro cerebro es un órgano que domina de un modo ciego nuestra conducta o, por el contrario, es el YO, el albergue de una consciencia que permite gobernarnos y autoconstruirnos. Veremos el modo de conseguirlo y, en último término, qué es aquello que, con demasiada frecuencia, lo dificulta o impide, haciéndonos incapaces de alcanzar este estado inefable que llamamos felicidad.
Este es, en síntesis, el hilo conductor de esta obra: comprender la dinámica consciente/inconsciente nos ayudará a descubrir la naturaleza de nuestras ideas/sentimientos y su formación, lo que a su vez nos ha de permitir ver aquello que acaba dificultando el logro de la plenitud vital que descansa en una feliz relación con los demás humanos.
"Hacernos" a nosotros mismos dura toda la vida y lo peor que podría ocurrirnos es pensar que somos juguetes de una fatalidad que nos ha condenado a ser como somos para siempre. Es cierto que, por desgracia, demasiados humanos se hallan demasiado condicionados por unas situaciones sociales degradadas; pero hay una parte de la humanidad – entre la que se hallan quienes tienen ocasión, tiempo y humor para leer libros como éste – que no tiene derecho a creer que no puede hacer algo más para sí mismo... y para los demás.